El ascensor

Casi todos los días entramos en el ascensor juntos, nos miramos de forma fugaz para luego mirar al frente, al techo, al suelo o a cualquier lugar que evite la mirada del otro, yo no sé donde vas y tu no sabes a donde voy.

Si un día llueve mucho, podemos compartir unas palabras acerca de lo incómodo de la lluvia, del mal tiempo que tenemos… No profundizas en nada, el ascensor no te dá tregua.

A veces, de forma furtiva, te miraba y chocaba con tu mirada y no sé porque. Supongo que porque parece un poco incomodo en tan poco espacio compartir aire con alguién y no tener ni una conversación trivial.

Después, poco a poco, me fuí imaginando tu vida. Te coloqué en un piso en el centro sin pareja, con unas vistas increíbles y disfrutando, al final de la jornada, de un whiskey. Saboreando tu día.

Ayer, después de muchos días de subir juntos, me atreví a compartir una mirada complice contigo. ¿Complice de qué? Pues no sé, pero complice como sólo se puede ser con alguién a quién no conoces y que, realmente, tampoco tienes intención de conocer.

Compartimos espacio, un espacio en el que no le permitimos entrar a mucha gente de nuestra vida, pero el ascensor no te dá opciones. Sólo puedes sentirte incómodo compartiendo una intimidad no deseada.

Es la intimidad del ascensor.

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