Esta semana la vida me ha vuelto a sacudir con lo impredecible, con lo etérea, con lo fragil que es y con lo difícil que resulta asimilar una pérdida repentina de alguien con quién compartías espacio y tiempo en alguna de las facetas de nuestro día.
A todos nos duele perder a los “nuestros”, nos desgarra el alma, nos parte el corazón y nos enfrenta a un nuevo renacer para el que no vemos el camino. El vacio y el dolor nos inunda de forma que parece que nos parte cada órgano, cada vena, cada músculo se desgarra en nuestro interior. Esto me merece el máximo respeto.
Pero y me ha vuelto a enseñar el nivel que la muerte nos hace las mejores personas, las más compañeras, las más solidarias (según los que ayer sacaban a relucir lo más oscuro de nuestras profundidades).
He podido ver cómo lo que era marrón oscuro y, a veces negro, se ha vuelto blanco, etéreo, transparente.
Cada vez que eso sucede me sorprendo y no paro de pestañear para ver si es verdad o un sueño o si realmente estoy viendo y escuchando es real.
Nos volvemos los mejores amigos, todos disfrutábamos enormemente con su compañía (claro ahora que no está), lloramos amargamente por personas que no soportábamos, con las que nuestro día empeoraba a menudo.
Y otra vez la conclusión es que la muerte nos convierte en las mejores personas del mundo en boca de los que nos odiaban, de los que se burlaban de nosotros, de los que nos despreciaban y de los que nosotros desprecíabamos.
Que el paso fuera ligero y qlttsl.
